Por José Romero Silva
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La 37º edición de la Serenata a Cafayate no tuvo el color de las anteriores. Ya en las primeras noches se desató la polémica con las duras declaraciones de la salteña Paola Arias, y terminó con las generadas entorno a la fugaz actuación de Dino Saluzzi. Los números artísticos no parecían llamativos para el público, a pesar de que eran muy buenos. Tampoco la programación tuvo un orden para mantener al público sentado hasta el final, salvo el domingo (pero que ya es sabido, que hasta que El Chaqueño no sube, la gente no se va). Más de 17 artistas pasaron por el escenario "Payo Solá" por día, fueron más de 100 músicos en total.

Despertaron intriga las obras en el predio. Nuevos baños, nuevos camarines, nuevo escenario. Nada era igual en la La Bodega Encantada: estaba dada vuelta. Algunos dicen que fue un cambio positivo para que sea un festival con todas las comodidades. Para los cafayateños, la bodega tiene su magia... Los duendes hacen de las suyas durante todo el año, pero en esta fecha brilla aun más su picardía por el condimento mágico que aportan todas las noches, algo que no ocurrió este año.

Antes, las puertas de las escaleras (construcción que es el fondo del escenario) se abrían, porque se dice que los duendes habitan esas instalaciones, pero debido a las nuevas obras este año no abrieron sus puertas. "La niña de la Serenata" se sentó solo dos o tres horas en su escalera, ignorada por todos, todas las noches salvo los días de lluvia estaba acompañada por sus vendimiadoras.

No hay explicación sobre el porqué se desataba la lluvia cuando se escuchaba el grito de bienvenida "¡alegrate Cafayate!" o porqué, cuando se cerraba el telón, dejaba de llover.

Algo que nunca había ocurrido es el escándalo que se desató con el compositor salteño Dino Saluzzi; nunca antes nadie se bajó del escenario por pedido del público.

¿Será que esta vez los duendes, no aportaron su magia al festival? ¿Nos anunciaban con hechos que no éramos bienvenidos a su casa? En años anteriores los anunciaban por los micrófonos, los invitaban a ser parte de la fiesta, se les pedía permiso. Los camarines de los artistas eran donde supuestamente están los espíritus serenateros, los que le dan vida al festival.

Ahora sólo hay que esperar que pase el año y que de alguna forma esas puertas se abran, que la niña vuelva su balcón para escuchar la Serenata y que le canten. Que esas bambalinas que tapan la fachada de la bodega sea pintado a mano en la pared como en los buenos años y que sea una enseñanza para los que metieron mano sin priorizar la esencia del festival...